XXXVII Perdida
Un pánico como ningún otro que hubiera sentido inundó a Alana en cuanto se despertó. Gritó por ayuda.

—Enseguida vendrá el doctor —le dijo la enfermera, intentando calmar su angustia.

Alana quiso bajar de la camilla, las piernas se le doblaron, sus costillas crujieron y un dolor agudo le recorrió la espalda hasta el cuello. Llevaba un collarín. Ya no intentó levantarse.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó el doctor al llegar.

—Como si me hubiera pasado por encima un camión. ¿Fue eso lo que pasó?

—Algo así, ¿no lo recuerdas?

Alana negó, con expresión de confusión.

—¿Sabes qué día es hoy? ¿Puedes decirme tu nombre? —preguntó el médico mientras le hacía una revisión de rutina.

—No... no puedo... ¿qué está ocurriendo?... ¿por qué no puedo recordar nada?... ¡¿Qué me ocurre?!

—Puede ser una secuela del golpe que te diste, tu auto volcó. Haremos exámenes para saber de qué se trata.

—Pero se me pasará, ¿verdad? ... ¿Qué voy a hacer?

—Por ahora quedarte tranquila, estás en un lugar seguro y cuidar
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