Alana miró a su hijo con extrañeza.
—¿Cómo es eso de que huele a Mateo? ¿Sientes el aroma de su perfume? —Ella olisqueó el aire, sintiéndose absurda.
Sólo olía a incienso y galletas, nada parecido a un perfume.
—Lo siento a él —dijo Martín—, pero ya no está aquí.
—No es posible.
—Es un niño, quién sabe en qué está pensando. No le des importancia —le susurró Damián.
Alana conocía a su hijo, él no mentía y mucho menos hablaba por hablar. De Damián no podía decir los mismo.
—Tú también actuaste ex