Alana juntó la puerta tras ella y empujó a Damián por su jardín.
—¡¿Cómo me encontraste?! ¡No tienes derecho a estar aquí, vete! ¡¿Cómo pudieron dejarte entrar sin avisarme?!
La imagen de la bella y dulce Alana que Damián había guardado en lo profundo de su corazón se enfrentaba a la realidad de una mujer furiosa, con el rostro deformado por la ira más pura. Él la había destruido.
—Alana, tenemos que hablar.
—¡No! ¡Tú ya dijiste todo lo que tenías que decir! ¡No vas a volver a jugar conmigo! ¡