—Debes dejarme ir… No puedo… —empecé a decir, al ver que Zem no tenía la intención de detenerse.
—No quiero, tu eres mía y no quiero el olor a lobo en tu interior. —farfulló, con desprecio.
Me aparté de su lado y utilicé la daga para amenazarlo. La sostuve entre mis dedos con fuerza y apunté. Arrojé la daga con todas mis fuerzas y llegó a su brazo izquierdo.
—Te mueves rápido. —dijo, abriendo los ojos como platos. Sonrió.
La daga había perforado parte de su piel, desgarrando ese punto y haciend