Max estaba preocupado, sabía que Fernanda había aceptado de mala gana a su custodia, y temía que hiciera algo imprudente. En algún momento tendría que hablar con ella, aunque quería posponer el momento hasta que fuera absolutamente necesario.
Por su parte, Fernanda seguia con su rutina, tratando de ignorar la presencia de su guardaespaldas, ya que eso la ponía cada vez más nerviosa.
Una mañana llegando a casa, se duchó y se sentó en su cama, rompiéndo en llanto, Max entró en ese momento a la ha