— ¡No se puede! —Leticia se levantó como si hubiera recuperado sus fuerzas y gritó como una loca—. ¡Director! ¡No puede llamar a la policía! ¡Si llama a la policía, mi vida estará arruinada! ¡No puede hacerlo! ¡Soy de los Ferrero! ¡Mi hermano está en la junta directiva! ¡¿Cómo puede ignorar a la junta directiva?!
Sus ojos estaban llenos de lágrimas. ¡Absolutamente no podían llamar a la policía!
Ella era la señorita Leticia de los Ferrero, el centro de todas las miradas. Si la arrestaban, sería r