Astrid acarició la cabecita de su hijo, sus dedos rozando los mechones suaves y dorados. El niño la miró con ojos grandes y llenos de inocencia, como si hubiera captado algo más allá de las palabras que ella había pronunciado.
—Eso es, pequeño —dijo Astrid con ternura—. Algún día lo harás bien con tu novia.
Knut, se frotó la cara con frustración. ¿Cómo podía soportar vivir bajo el mismo techo que su enemiga? Los roces constantes, las miradas cargadas de desprecio y pasión… era como si el aire m