Imposible no mirar la culminación del íntimo baile de Astrid con la taza de leche, sus labios se curvaron en una expresión de puro éxtasis. Con una elegancia insuperable, depositó la taza sobre la mesita de noche, dejando que los tirantes de su vestido de encaje se deslizaran con la cadencia de un suspiro, desvelando la suavidad de su piel y la gracia de su clavícula.
Las huellas lácteas en sus labios le llevaron a un viaje lento y seductor, explorando cada rincón con su lengua rosada. En sus o