El corazón de Mafer retumbó con violencia, con torpeza sacó el arma, las manos le temblaban.
—No se me acerque o disparo —aseguró, respirando agitada.
—¿Por qué tan arisca, mamacita? —cuestionó aquel hombre deteniendo su andar—, llevas horas aquí, yo puedo llevarte a dónde desees —comunicó y la devoró con la mirada.
—No gracias, estoy esperando a mi esposo —mintió balbuceando.
—Mientras llega podemos divertirnos —propuso y se mojó los labios.
—No te me acerques —gritó Mafer—, voy a dis