Ekaterina
El sonido de los disparos no tardó en escucharse muy cerca de todos, pero no me permití sucumbir al pánico y corrí de inmediato hacia los niños para protegerlos. Estos lloraban asustados porque no entendían lo que pasaba y porque querían a su madre, quien, por suerte, entró a la habitación segundos después. Su rostro estaba pálido y los ojos parecían salírsele de las órbitas. Ninguna de las dos estaba acostumbrada a este tipo de cosas a pesar de dormir bajo el mismo techo que el mism