Mujer casada.
—¡Qué pena contigo, Gerald! —Evelin estaba avergonzada y su rostro estaba enrojecido, había llegado de un viaje repentino que no estaba en sus planes, al enterarse de la caída de su amiga.
—No te preocupes, no pasa nada —Gerald se sentó frente al escritorio —Los accidentes laborales suelen pasar.
—Pero es que Anaís es terca como una mula, ja, ja, ja —Evelin dio una carcajada
—Ya lo noté —Gerald sonrió al recordar a esa niña que no salía de su cabeza.
—¿Cómo le hiciste para llevarla al médico? Y