Moros en la costa.
Valery veía las gotas caer una a una, sintiéndose más desesperada que nunca. Desde la camilla, movía el pie nerviosa, justo cuando la cortina de su cubículo se abrió, dando lugar a una Rosemary sonriente que venía cargada con un equipo parecido a una televisor.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella, con curiosidad, mientras empezaba a instalar todo los equipos.
—No lo sé… No sabía que estaba tan cansada hasta este momento. Supongo que ha de ser la preocupación y la agonía. No estaré bien hasta que