Las manos de Álvaro temblaban, y su respiración seguía agitada. Su mirada sin foco tardó unos segundos en concentrarse.
—¿Alvi? —Lo llamó Oliver con suavidad. Finalmente, Álvaro se fijó en el anciano que lo observaba con preocupación.
—¿Qué hora es? —preguntó Álvaro, casi sin aliento.
—Son las seis de la tarde, ¿tienes hambre? Pediré que traigan algo de comer —respondió Oliver, mientras elevaba lentamente el respaldo de la cama. Álvaro no opuso resistencia.
—¿Por qué sigues aquí? —murmuró Álvaro