—No sueñes con volver a salir sola. Te juro que pondré a un montón de guardaespaldas siguiéndote a todos lados.
Gabriela no dijo nada.
Simplemente apartó la mano de Álvaro y se fue de la sala.
Él la observó irse y no la siguió.
En su lugar, se dejó caer en la silla donde ella había estado sentada, con la mente llena de preguntas sin respuesta.
—Señor —dijo la empleada mientras le entregaba a Álvaro el menú del desayuno de ese día.
Él hizo un ademán para que se retirara.
Sobre la mesa aún quedaba