Fue entonces que llamaron a la puerta, interrumpiendo los pensamientos oscuros y llenos de odio que la envolvían.
Salió rápidamente del correo electrónico en su teléfono.
Caminó hacia la puerta y la abrió.
Frente a ella estaba Cintia, sonriendo alegre.
—Gabriela, ¿me acompañas a ver un programa de televisión? ¡Mira, traje botana y fruta! —dijo con entusiasmo.
Pero Gabriela seguía congelada, como sumergida en un pozo helado.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó con la voz seca.
Cintia se asustó un