La mente de Cintia viajó en un instante a recuerdos incómodos.
—Lo entiendo —musitó, tragándose de mala gana sus ganas de soltar algún comentario venenoso.
Gabriela esbozó una ligera sonrisa y le dio un pequeño apretón en la mano:
—Llegará el día en que no tengas que preocuparte por los que actúan con bajeza a tus espaldas.
—¡Y no falta mucho para eso! —declaró Cintia, como si hubiera recibido un torrente de energía repentina.
Gabriela sonrió aún más al verla tan decidida.
Después de eso, Cintia