Gabriela lo miró de reojo.
La expresión de Álvaro, algo afligida, casi la hizo sentirse culpable por haber sospechado que lo hacía a propósito.
Sin decir palabra, presionó nuevamente el botón del elevador y entró.
Álvaro, con la cabeza gacha, la siguió.
Los ojos de Gabriela se posaron discretamente en la mano lastimada de él.
Estaba más que claro: creer que Álvaro era Emiliano seguía siendo parte de sus delirios.
Todo se debía a aquel aroma idéntico de la paella de mariscos, esa leve chispa de e