—Quiero lo mismo.
Sabía que Emiliano era muy buen cocinero y Gabriela solo había aprendido de él esa preparación específica; no dominaba ninguna otra.
—¡Perfecto! —exclamó Álvaro, mucho más animado. «Debe de haberle encantado, por eso quiere repetir.»
Tras la comida, Cintia llevó a Gabriela a ver el jardín que había estado arreglando desde temprano.
Ya había caído la noche, y las luces decorativas sobre el carísimo pino brillaban intensamente.
También se distinguían varios farolillos encendidos