A la mañana siguiente, el bullicio de la voz de Cintia despertó a Gabriela.
—¡Estas lucecitas están preciosas! ¡Pongámoslas en la entrada principal!
—¡Iván, pegaste el papel decorativo todo chueco!
—¿Cómo que solo hay unas cuantas guirnaldas de luces? ¡No va a alcanzar!
Gabriela se calzó sus pantuflas afelpadas y se acercó a la ventana para mirar afuera.
El patio estaba lleno de adornos, contagiando ese ambiente festivo de Año Nuevo.
Observó todo en silencio.
Recordó cómo, en años pasados, cuand