Mientras tanto, Gabriela estaba en otra parte, con las manos y pies atados, la cabeza cubierta con algo así como un costal.
La camioneta en la que viajaba se movía a ratos con suavidad y otras veces con brusquedad. Había un olor a grasa y aceite bastante desagradable.
El saco que cubría su cabeza era de mala calidad, y en las zonas más iluminadas algo de luz se filtraba.
El vehículo anduvo durante horas sin detenerse.
Gabriela, con el estómago vacío, sentía un creciente dolor, pero aguantaba.
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