Parecía que le estaba hablando a Gabriela, pero al mismo tiempo, su tono era más el de alguien hablando consigo misma.
—Después, una vieja criada de la familia vino a cuidarme y me dijo: «Un bebé de siete meses puede sobrevivir. Pero uno de ocho, no siempre.»
Gabriela tragó saliva y, con torpeza, rompió el silencio:
—¿Y… él?
Rosalina dejó escapar una risa seca, casi burlona.
—Lo corté en pedacitos y lo lancé al fondo del mar para que se lo comieran los peces.
—¡Bien hecho! —respondió Gabriela, s