El rostro de Álvaro permaneció inmutable.
La mujer no pudo descifrar si él le creía o no.
Álvaro se recostó en su silla ejecutiva, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos con un ritmo pausado.
La tensión en la sala era sofocante.
La influencer, que había llegado con aire confiado, ahora solo sentía un temor incontrolable.
—¿Por qué no lo dijiste en su momento? —preguntó Álvaro con un tono gélido.
—Tenía miedo… —balbuceó, con los labios temblando—. Quería hablar, pero escuché a la gente del