En su mente, volvió a la imagen de aquella tarde en la sala de descanso de la oficina.
Gabriela, recién despertada, acurrucándose en sus brazos, intentando complacerlo, explicándole con dulzura, adormeciendo su furia.
¿Y ahora?
Ni siquiera se molestaba en fingir. Ni un gesto. Ni una palabra para apaciguar su ira.
—Alicia, ya puedes retirarte —dijo Álvaro, su mirada fija en Gabriela, el enojo ardiendo en sus ojos, como si quisiera reducirlo todo a cenizas.
Alicia titubeó por un instante.
Temía la