Cuando Alicia vio bajar a Álvaro, lo observó con evidente nerviosismo. Esperó a que colgara el teléfono y, con cautela, le preguntó:
—Señor, ¿qué le gustaría cenar a usted y a la señora Saavedra?
Su voz se volvió un poco más tenue cuando añadió:
—La señora Saavedra apenas comió al mediodía. Debe tener hambre…
Álvaro, recordando la actitud de Gabriela de querer alejarlo y entregarlo a otra mujer, sintió una oleada de rabia que lo quemaba por dentro.
—¡Que se muera de hambre, me da igual! —soltó e