✧✧✧ Unos minutos después. ✧✧✧
Adeline Fontaine ingresó a la habitación 420 VIP junto con otras cinco chicas.
Al entrar, el salón estaba tenuemente iluminado por sobrias luces doradas. El aroma a licor y tabaco por doquier.
—Sirve tragos, número seis~ —rió burlista una de las hermosas acompañantes.
Adeline asintió, yendo de inmediato al minibar de la amplia habitación.
Por los ventanales, París estaba en todo su esplendor nocturno, con la torre Eiffel de fondo.
Y Adeline suspiró, pensando un instante en el motivo de hacer todo eso, para darse fuerzas.
La música llenó la habitación.
Las mujeres charlaban sentadas en los regazos de esos hombres que parecían empresarios agotados después de una larga jornada laboral, y solo querían diversión y relajación.
Otra bailaba sobre una de las tarimas, otra en la barra de striptease con movimientos muy sensuales, que hicieron a Adeline sorprenderse y apartar la mirada.
Ella llevó la bandeja hacia uno de los clientes: un hombre en sus cincuenta, pasado de peso y con un fuerte aroma a alcohol.
—¡Bomboncita! —la tomó de la muñeca con firmeza—. ¡Siéntate junto a mí, y cuéntame de ti, pastelita rubia!~
—Sí… —susurró ella con su corazón latiendo aceleradamente. Mientras dejaba la bandeja en una de las mesas.
Ella iba a sentarse justo al lado del hombre en el largo sofá negro, cuando…
Él la atrajo con firmeza en un maldito instante, dejándola sobre su regazo y sosteniéndola con una mano de la cintura y otra en su muslo con descaro.
—¡No! —exclamó ella casi por impulso.
¡Adeline sintió asco, repugnancia! Pero… pensó que estaba bien… que era normal. Que debía hacer el esfuerzo.
—Dime muñeca, pareces bastante joven… —susurró el señor gordo y ebrio, su mano subiendo por el muslo de Adeline—. ¿Cuánto cobras por el “servicio especial”?
Adeline se levantó de inmediato, frunciendo el ceño con indignación.
—¡No soy ese tipo de acompañante! No vendo mi cuerpo.
Los ojos del hombre gordo brillaron con fastidio por un instante, pero rápidamente esbozó una sonrisa, miró hacia uno de los hombres cerca de unas botellas de vino. Y asintió sutilmente.
—Está bien, señorita. Disculpe. Siéntate junto a mí y charlemos un poco, que fue un día agotador en mi empresa~
Adeline exhaló y se sentó junto al hombre.
Otra mujer se acercó con una bandeja y dos copas de vino. El hombre tomó una y le dio la otra a Adeline, que la bebió por completo.
Los minutos pasaron entre charlas forzadas. Hasta que los hombres les pidieron bailar.
Por supuesto… ella no se negó. Sin embargo, comenzó a sentir mucho calor. Su cuerpo incómodo, caliente. Su corazón latiendo con más fuerza.
—¡MUÉVETE MEJOR, NÚMERO SEIS! —exclamó borracho uno de los hombres, dándole una fuerte nalgada a Adeline.
—¡AY! ¡Maldito viejo! —gritó ella, girándose por impulso y…
¡La bofetada resonó con fuerza en el salón!
¡Todos se quedaron inmóviles!
—¡M@LDITA! —gritó el hombre, agarrando a Adeline con fuerza del cabello largo rubio, y llevándola casi a rastras hacia la salida.
—¡¡AAAAYY!! ¡SUÉLTAME! —gritó ella.
—¿Tienes idea a quién golpeaste, zorra barata? —abrió la puerta el hombre—. ¡Puedo arruinar toda tu asquerosa vida de prostituta con una sola llamada!
Adeline sintió calor por todo el cuerpo, sus sentidos se agudizaron y, casi inconscientemente, le escupió.
—¡Intente! ¡No tengo vida que me arruine!
—¡Maldito poco hombre! —le gritó ella.
Tenía la mejilla izquierda ya hinchada, pero no sintió nada.
Él no perdió tiempo, y empujó con fuerza a Adeline haciéndola caer sentada de golpe contra el suelo del pasillo.
—¡HARÉ QUE TE ECHEN! ¡NUNCA NADIE TE VOLVERÁ A DAR EMPLEO EN TODO PARÍS, PERRA!
Gritó el hombre, una de las mujeres tras él, burlista, le tiró el bolso a la cara a Adeline.
—Lárgate, niña. Este club, no es lugar para ti~ —se rió la otra acompañante.
Y solo segundos después, le cerraron la puerta en la cara.
Adeline quedó en shock un instante… con su cabellera hecha un desmadre, solo entonces sintió un dolor punzante en la mejilla...… Con sus ojos color dorado miel, llorosos.
Ella se levantó. Negándose a derramar una sola lágrima.
Se sacudió su vestido negro, recogió su bolso del suelo, pero algo no iba bien.
Un calor extraño, una excitación salvaje, empezó a quemarle las venas. Entonces lo entendió: el maldito trago del gordo tenía algo.
—Maldición… no puede ser…
Caminó a tropezones, sintiendo que la ropa le asfixiaba la piel. Buscando desesperada su móvil para llamar a Corinne, pero no vio la puerta abrirse.
Chocó de frente contra un pecho sólido como el mármol. Justo cuando sus piernas flaquearon, un agarre firme le rodeó la muñeca y una mano grande se hundió en su espalda baja, sosteniéndola.
Ella no cayó al suelo. Se vio entre los brazos de un alto y atractivo hombre de edad madura, cabello negro ondulado, y penetrantes ojos afilados de un azul profundo. De inmediato sintió como si el aire se escapaba de su pecho, inhalando el aroma de su perfume masculino… sintiendo por un instante su calidez que la estremeció.
Adeline se quedó inmóvil, ruborizada.
“¡Dios! ¡Es malditamente guapísimo! Debe ser uno de los gigolós VIP del club… escuché que derriten mujeres con una mirada… ¡Justo como él!”
Pensó mientras recorría con los ojos al hombre de traje a medida negro, que desbordaba elegancia, dominancia, y atractivo masculino.
Pero al segundo después, el hombre la soltó… Quedando ella de pie confundida.
La había soltado casi como si ella quemara.
De pronto, una nueva oleada de calor la sacudió, rompiendo su última pizca de juicio.
Sin pensarlo, Adeline se lanzó sobre él.
Sus manos aferrándose a las solapas de su traje negro. Poniéndose de puntillas, con sus labios color carmín a un suspiro de distancia de los de él, susurró con un descaro nacido del delirio:
—Señor gigoló… sáqueme de aquí. Llévame a cualquier lugar, y acuéstese conmigo esta noche. Le pagaré.