Capítulo 03: ¿La ardiente noche de mi vida?

Ese hombre se quedó inmóvil, gélido, bajó lentamente su mirada azul profunda hacia los carnosos labios rojizos de Adeline, brillantes como un par de cerezas en caramelo que pedían una lamida.

El aroma a alcohol en ella era bastante fuerte. Él volvió a clavar su mirada en la de ella. 

“Qué extraño… esta pequeña descarada… no me causa una sensación de asco" 

Pensó él.

“Normalmente no soporto que las personas extrañas me pongan un asqueroso dedo encima…”

Tras ese frívolo pensamiento, sus manos apretaron alrededor de las muñecas de ella…

Y la alejó. 

Adeline arqueó una ceja de inmediato. Ella se quedó congelada, ofendida por el rechazo inmediato del atractivo “gigoló”. 

Ella se cruzó de brazos y soltó una carcajada entre su ebriedad y la sustancia en su cuerpo que la hacía perder el control. 

—¿Te crees mucho? ¿Crees que no tengo suficiente dinero para pagarte? ¡Tengo! ¡También yo trabajo en este club, señor! —exclamó Adeline con el ceño fruncido. 

Él se quedó un instante observándola. 

¡Era claro que ella estaba fuera de sí! 

—No tengo tiempo para chicas desesperadas y borrachas. Agradecería que se aleje de mí y no me vuelva a tocar, “señorita” —sacó el hombre un pañuelo de seda negra, sacudiendo las solapas del traje… justo donde Adeline se aferró. 

Tal gesto… ¡La dejó anonadada! 

¿Qué se creía ese hombre?

De inmediato a la sensación ardiente en el cuerpo de ella, se le sumó peligrosamente su orgullo herido. 

Adeline avanzó de nuevo… eliminó la distancia que los separaba una vez más, y se aferró nuevamente a él, quitándole en un rápido movimiento el pañuelo… metiéndolo entre sus pechos lentamente. 

Él observó el movimiento… su mirada directamente en el escote de ella, justo en el centro. 

Y con un susurro… Adeline continuó: 

—Oh, ya sé por qué está tan frustrado, señor. ¿A usted también lo echaron de la habitación? ¿No, señor gigoló?~ 

Un brillo más sombrío y peligroso cruzó la mirada del hombre.

Mientras Adeline bajaba ahora sus ojos en dirección al pantalón negro de él, justo en el sector de la cremallera.  

Él notó esa mirada de ella, ladeando levemente la cabeza, sin perder detalle en lo que hacía esa mujer audaz. 

—¿Tu “amiguito” ahí abajo no se paró? —soltó Adeline. Dejando congelado al hombre—. ¿Por eso te echaron?… A mí también me echaron. Son unos malditos engreídos esos ricachones, ¿no crees? 

Seguidamente, ella lo soltó, se giró y comenzó a caminar, yéndose en la dirección contraria. 

—Espere. 

Él la detuvo del antebrazo de inmediato.

Ella volvió a verlo por encima de su hombro. Clavando su mirada del color de la dulce miel en él. 

—Si busca su pañuelo, se perdió entre mis ropas… tendrá que quitarme todo usted mismo… a ver si lo encuentra~ —dijo ella con evidente provocación, con su rostro rojo y el corazón latiendo desenfrenado. Mientras sentía cómo su cuerpo se derretía por los efectos de la sustancia. 

Y fue cuando lo notó… solo un instante… él ladeó una media sonrisa imposible de descifrar.  

—No creo que usted pueda pagar “mis servicios” señorita —soltó ese hombre con voz grave, y una seguridad implacable—. Pero ya que parece tan desesperada por tener la noche de su vida. Le haré un favor. 

La distancia se volvió inexistente cuando él la cargó en un segundo entre sus brazos, alzándola como si Adeline no pesara nada. 

—¡Ah! —exclamó ella ante la acción, aferrándose a él por inercia.

Él, comenzó a caminar, sus pasos firmes resonando por los pasillos tenuemente iluminados entre paredes en decoración sobría de negro y dorado. 

Ella no perdió detalle, por un momento fue como si el mundo se detuviera.

Sus ojos veían el perfil perfecto de ese malditamente guapo francés. Su nariz, su barba ligera cortada con precisión, los mechones negros de su cabellera ondulada, ligeramente rebeldes. 

Adeline tragó saliva con inquietud, sintiendo sus fuertes y anchos hombros a los que ella se aferraba, la calidez de su brazo con el que la sostenía bajo sus piernas… y ese aroma… esa irresistible colonia cara masculina. 

Ella inhaló, acercándose más al cuello de él. 

El hombre se detuvo frente a una puerta elegante. Sacando del bolsillo una tarjeta dorada de los clientes VIP de mayor nivel en el club… pero ella no logró verlo.  

Estaba muy ocupada perdida en un mar de deseo. 

—Usted huele delicioso… señor gigoló. 

Él se detuvo un instante ante el comentario… y luego ingresó a la habitación. Elegante, en tonos grises y negros, minimalista… con los ventanales mostrando la noche parisina que prometía volverse… excitante para ellos dos. 

Y en el siguiente segundo… 

—Ah… —exhaló Adeline cuando él la dejó caer sobre la enorme y cómoda cama. 

Ella se sentó casi de inmediato. Quedando en el borde.

—¡Dios! ¡Hace mucho calor, hay que hacerlo rápido! —soltó Adeline sin pensarlo. 

Elevó su mentón, mirando a ese hombre frente a ella… y pensando que si era alguien tan atractivo… Estaba bien tener una noche alocada. 

Ya había llegado hasta ahí, lo usaría para calmar los efectos del éxtasis en su cuerpo, y luego… solo se iría y olvidaría para siempre esa noche… bueno, eso fue lo que creyó ella. 

Sus manos se posaron con audacia en el cinturón de él. 

—¿Por qué no se desviste señor gigoló? ¿Le da vergüenza o… lo tiene pequeño? Tranquilo, yo no lo juzgaré y… ¡AH! —gritó ella, con sus palabras interrumpidas de golpe, cuando él la encimó sobre el colchón.  

—¿Pequeño?

Ladeó él una sonrisa, mientras su cuerpo rozaba con descaro el de Adeline, y sus rostros quedaban a unos centímetros de distancia.

—Ya comprobará usted misma el tamaño, señorita… 

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