—Vamos, señorita, no puede perderse ahora. La noche apenas comienza. El calor los consumía, sus cuerpos entrelazados, totalmente desnudos en la cama. Adeline sentía esa desesperada necesidad casi dolorosa en lo más profundo de su intimidad empapada en sus fluidos, esa sensación que la hacía apretar el miembro de ese hombre con más fuerza. Mientras él se hundía en ella sin piedad, con un ritmo deliciosamente intenso, fuerte, ardiente. Él se inclinó sobre ella, pegando su pecho sudoroso a su espalda. Mientras Adeline ahora yacía boca abajo. Una mano del hombre bajó entre sus piernas y sus largos dedos encontraron ese botón sensible totalmente hinchado de ella, frotándolo en círculos rápidos mientras seguía penetrándola sin misericordia. —Quiero sentir cómo te corres otra vez —le susurró al oído, mordiendo el lóbulo de ella—. Apriétame hasta que no pueda más. Adeline no pudo más, y se corrió con fuerza. El orgasmo la sacudió de pies a cabeza. Gritó con su frente chocando contra la
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