256. MI HERMANO DEL ALMA

ALESSANDRO:

La primera vez que vi a Rufo, tenía mi edad, diez años; solo que era flaco y paliducho. Estaba todo ensangrentado y siendo golpeado sin descanso por un hombre. Iba con mi abuelo en el auto.

—¡Detente! —ordené al chofer, que frenó de golpe, y abrí la puerta sin decir nada. Corrí con un arma en mi mano apuntándole a aquel desgraciado que lo golpeaba con tanta saña y le grité: —¡Déjalo o te mato!

El malvado hombre soltó una risa estridente al ver a un niño que no le llegaba a la cintura.

—¿De dónde saliste tú? —preguntó con sarcasmo—. ¡Lárgate si no quieres correr la misma suerte! ¿Crees que porque eres rico puedes ordenarme, malnacido? ¡Dispara si tienes el valor! ¡Vamos! ¡No eres más que una niñita faldera que cree que todos deben obedecer porque tienes dinero!

Y caminó amenazante hacia mí; quité el seguro de mi revólver, lo sujeté con ambas manos, separé mis pies afirmándome en el suelo como me había entrenado mi abuelo, listo para disparar. Cuando lo vi retroceder
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