—¿De qué sirve encender velas y llorarla cuando ya está muerta?— Maia continuó en tono burlón: —No importa cuántas oraciones digas, tu hija no volverá a la vida. Deberías superarlo pronto y seguir con tu vida. ¡Da mala suerte encender velas y poner esa música en la casa!—
Sin duda, las palabras de la mujer fueron como flechas envenenadas, atravesando el corazón de Yvonne.
—¿Eres tú?— Yvonne agarró el cuello de Maia y exclamó con los dientes apretados: —¡Yo le dije a Melissa que se detuviera y me prometió que lo haría! ¡Ella me lo prometió! Pero aun así consiguió que la mataran. ¿Estabas detrás de esto?
—¿Y qué si soy yo? ¿Qué puedes hacer al respecto?— Maia entrecerró los ojos y le lanzó una mirada fría a Yvonne.
Yvonne tenía sus sospechas anteriormente, pero después de escuchar lo que dijo Maia, finalmente estaba segura de lo que estaba pasando.
Las pupilas de la mujer se contrajeron cuando dijo: —Tú… ¡Eres tú en verdad! ¡Sabía que eras tu!—
—Quítame las manos de encima—, gritó Maia