RUBI MONTENEGRO
Estacionar el auto frente a la casa de mis padres me produjo una sensación de náuseas, como si estuviera a punto de entrar a un matadero y no a un hogar. Pero yo ya no era la niña que lloraba en su habitación por un pedazo de pastel negado. Era una mujer con un objetivo muy claro.
Toqué el timbre. Mi padre, yo lo sabía, estaría en la empresa hundiendo lo que quedaba de ella o intentando salvar las apariencias. Mi madre estaría en casa, probablemente criticando la limpieza de la