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Alice es una joven de veintiún años que solo ha tenido un único novio en su vida. Estaba profundamente enamorada y creía que su novio sería el hombre de sus sueños. Debido a esos intensos sentimientos, decidió irse a vivir con él. Sin embargo, las cosas no salieron como ella imaginaba y, después de casi cinco años de noviazgo, se dio cuenta de que ya no estaba enamorada.
Decidida a dejar la casa de su pareja, Alice guarda sus cosas en una maleta. Sintiendo un enorme peso en el corazón, mira por última vez la casa donde vivió durante tres años con Endrick.
Los dos comenzaron la relación cuando ella aún tenía diecisiete años. Al principio, todo fue maravilloso, una verdadera explosión de emociones, porque todo era nuevo. Pero, con el paso de los años, se dio cuenta de que aquello ya no era lo que buscaba. El amor que sentía por Endrick se transformó en una amistad y lo veía como un compañero de piso, ya que ni siquiera tenían relaciones sexuales.
—¡Alice, ya llegué! —La voz de Endrick resuena por la sala, y ella siente un nudo en el pecho. Cuando él nota las maletas en las manos de su novia, su rostro cambia drásticamente. —¿Qué está pasando aquí? —pregunta con voz seria, con una mezcla de confusión y preocupación.
—Me voy —responde, sin poder mirarlo a los ojos.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Esto ya no está funcionando, Endrick. Tú también lo sabes —dice, intentando controlar el temblor de su voz.
—Alice, por el amor de Dios, esto es solo una mala racha, todas las parejas pasan por eso —argumenta, tratando desesperadamente de encontrar una solución.
—¿Y acaso seguimos siendo una pareja? Para mí, nos convertimos en compañeros de piso, porque ni siquiera vuelves a tocar mi cuerpo.
—Ya te dije que he estado estresado por algunas cosas, ¿no puedes entenderlo? —La frustración es evidente en su tono de voz.
—¡No, no lo entiendo! —responde con rabia. —Necesito atención, amor, cariño. Yo también soy una mujer con necesidades.
—¿Quieres decir que mi amor y todo lo que hago por ti no cuentan? Simplemente, no tengo la cabeza para el sexo, pero nunca te ha faltado nada más.
—El problema es que necesito todo, Endrick. Hace más de tres meses que no me buscas y, cuando intento acercarme a ti, siempre encuentras una excusa.
—Es que simplemente no me estoy sintiendo bien —responde con la voz cargada de desánimo.
—Creo que, en realidad, estás saliendo con otra persona —lo acusa.
—¡Claro que no! —Endrick se defiende de inmediato.
—Deja de mentir. Si no me buscas en casa, es porque seguramente encontraste algo mejor en la calle.
—Nunca te fui infiel, Alice, entiende eso…
—No necesitas darme explicaciones —dice, interrumpiéndolo. —De todas formas, lo que sentía por ti ya terminó hace mucho tiempo. Es hora de que cada uno siga su propio camino.
Ella toma las maletas y camina hacia la puerta de salida, mientras Endrick la sigue con el corazón rompiéndose a cada paso.
—¿Estás segura de que esta es la decisión correcta? —pregunta, con la tristeza reflejada en sus ojos.
—No veo otra salida. Terminemos con esto mientras aún existe respeto entre nosotros. Solo estoy haciendo lo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo. —Alice mira a su exnovio con firmeza, aunque con dolor. —Endrick, espero que seas feliz de ahora en adelante —se despide de él con la voz entrecortada.
—Espero que después no te arrepientas, Alice, porque puede que sea demasiado tarde —susurra Endrick, cerrando la puerta con un profundo pesar.
Después de cerrar la puerta, Endrick se agacha y se sienta en el suelo, comenzando a llorar. Aunque ama a su novia, sabe que aquella era la mejor decisión para los dos, sobre todo porque conoce lo que el futuro le tiene reservado.
Alice coloca las maletas en su coche y conduce hasta el apartamento que sus padres tenían en la ciudad. El inmueble llevaba un tiempo vacío, así que sabe que puede quedarse allí. Al llegar, nota lo limpio y bien cuidado que está el lugar, concluyendo que debe de ser gracias a una empleada que va todas las semanas a limpiar el apartamento.
Entra en su antigua habitación, se quita la ropa y, como está sola en aquel apartamento, decide quedarse desnuda, sintiendo una mezcla de libertad y vulnerabilidad.
Caminando desnuda por el apartamento, va hasta la cocina y busca algo en el armario, sorprendiéndose al ver varias botellas de vino allí.
—¿Será mi día de suerte? —susurra para sí misma, intentando encontrar un alivio para la soledad.
Abre una botella de vino, va al baño y llena la bañera. Esa era la ventaja de vivir sola: tener la libertad de actuar y hacer lo que quisiera.
Como todo está en silencio, decide poner música en su celular con el volumen al máximo, intentando acallar los pensamientos dolorosos.
Ahora está soltera, puede vivir sola y hacer lo que quiera.
Al ritmo de la música, también empieza a cantar.
—Solo recógelo de nuevo, recógelo de nuevo, haz lo que tengas que hacer, haz que me quede despierta toda la noche.
Canta y baila frente al espejo, sin importarle que la puerta esté abierta.
Alice canta a todo pulmón, usando la botella de vino como micrófono, sin preocuparse de que los vecinos pudieran escuchar su voz desafinada. Solo quiere sentir un poco de la libertad que ahora posee.
—¿Quién eres? —pregunta una voz grave, sacándola de su trance de euforia.
El susto de Alice es tan grande que deja caer la botella de vino, que se hace añicos contra el suelo, esparciendo numerosos fragmentos de vidrio. Ella mira hacia la puerta del baño y ve a un hombre de pie, observándola con una expresión llena de curiosidad e incertidumbre.
—¡Ahhh! —Lo único que consigue hacer en ese momento es gritar al ver a un desconocido contemplando su cuerpo desnudo.







