El sol se ocultaba en el horizonte de los Alpes suizos cuando Angelo, exhausto después de un día largo de trabajo, llegó a la majestuosa casa de sus padres. Una herencia antigua que nunca habían habitado hasta ahora, gracias a la insistencia de su madre.
Y como si la hubiese invocado con sus pensamientos, la mujer apareció frente a él. Débora, lo esperaba con una expresión furiosa, y no pudo contener su lengua por un segundo más, necesitaba confrontarlo.
—¿Has estado visitando a aquel bastardo