No lo podía creer, pero era cierto. Y ahí estaba, al lado de su marido, presenciando como su hija, la más pequeña de su rebaño, caminaba hacia el altar convertida en toda una hermosa mujer.
La brisa marina acariciaba el cabello de Aranza, mientras caminaba por la fina arena de la playa, la cual se extendía bajo sus pies descalzos.
—Se ve preciosa—le dijo Ashley a su esposo, sin dejar de admirar a su pequeña hija, aunque ya no era tan pequeña, ahora era una linda dama.
Aranza, radiante en su ves