Sin nada más que decir, salgo de allí y voy nuevamente con la señora que me recibiera. Ella cuelga una llamada apenas llego a su escritorio.
—Dijo que viniera con usted —anuncio, y ella me mira.
—¿Me la entregas? —pregunta, señalando mi carpeta.
—Sí, por supuesto —respondo, extendiéndosela de inmediato. Ella la recibe y comienza a revisarla.
—¿Emmaline Hasburg?
—Así es.
—Atenderás la entrada del piso.
—Eso me dijo el señor Junot —respondo, y ella me examina de arriba abajo, hasta que sus ojos s