Tomo asiento en el sofá individual y él en el de enfrente. Mis manos sudan por los nervios; el hombre no parece muy complacido con mi visita. No quiero pensar que la señora Junot le ha obligado a recibirnos.
De verdad, desearía que no fuera así. Por eso, me pongo en pie, impulsada por un arranque de sensatez.
—Tiene razón, ha sido idea de su madre que me reciba cuando debe tener cosas más importantes por hacer. Puede decirle que he declinado voluntariamente su oferta y así ya no tendrá que mole