Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Alexander
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¡Pero quién demonios se cree esta mujer!
Me colgó y todavía no lo puedo creer. Algo tan infantil. Se arma un tremendo malentendido y tiene el descaro de colgarme sin darme ninguna explicación. Y mientras no sé a qué atenerme, mi madre revolotea por toda la casa y no se marcha de una buena vez.
—Hijo, ¿qué haces metido en el baño? ¿Te estás escondiendo de tu madre?
¡Me lleva!
Me he encerrado aquí solo para llamarla y tiene la desfachatez de cortarme. Guardo mi teléfono en el bolsillo; mañana buscaré la forma de hablar con ella. Abro la puerta y allí está mamá, que se quedó todo el resto de la tarde, y ya sé por qué.
Me ha dicho que encontró a mi novia en casa y que le he dado la sorpresa más grande de su vida. Desde entonces, no ha dejado de hablarme del asunto desde que llegué hace más de una hora. Incluso su retahíla ha arruinado mis ganas de llamar a Carol o Shondra.
No puedo creer este embrollo. No tengo novia. Solo son un incordio, y por eso pago prostitutas. Les pago y me dan lo que quiero. Compro lo que deseo y, si busco placer, simplemente lo compro y lo obtengo.
Así es, y no cambiará.
—Es linda —prosigue, y ya quiero que pare.
—¿Puedes dejarlo?
—Deja de ser tan modesto. Estoy segura de que te estás tomando en serio la última voluntad de tu padre, cuando dijo que quería que encontraras a una chica decente que te hiciera aterrizar y poner los pies en la tierra, y que jamás te dejara solo.
—Mamá, ¡qué cursilerías son esas!
—¡Ninguna cursilería! —me riñe, y tengo que serenarme porque parece que quiere jalarme de las orejas.
—Además, sabes que no estoy para eso.
—Pero tendrás que superarlo, y creo que lo estás haciendo. Solo que no quieres darnos aún la noticia —ella insiste, y yo quiero arrancarme el cabello.
Odio este tipo de conversaciones.
—Tal vez era una ladrona —digo para desencantarla.
Y puede que lo sea, porque se está robando mi paz mental, y de muy mala manera.
—Una ladrona te habría robado alguna pertenencia. Además, desde que te conozco, nunca has dejado entrar a una chica a este lugar, salvo, ya sabes a quién, tu hermana y a mí.
¡Bah! Ni ella quiere mencionarla.
—Mamá, ¿qué intentas?
—Intento que te conviertas en un hombre de bien. Es lo que quería tu padre.
—Soy un hombre de bien y uno muy exitoso —le recalco, y ella me hace una mueca con su boca que indica que no me cree del todo—. Gracias a eso seguimos en la cima.
—Esa es la razón por la que tu padre te pidió eso. No quería que terminaras como él, porque de nada te servirá ser exitoso y millonario si al final estás solo en esa cima.
—Deja de exagerar; papá nunca se quedó solo.
—Pero murió solo.
—Mamá...
Supongo que no puedo refutar eso. Papá fue encontrado muerto en su despacho; no hubo nadie para socorrerlo. Sufrió un infarto y ese día nos había mandado a pasear a todos.
—No quiero que te conviertas en un ávaro como él, que murió solo porque yo no pude estar allí. Él nos apartó y solo supimos de su última voluntad porque era tan pragmático y ordenado que la dejó escrita en una carta. Ni siquiera pudo decírnoslo él mismo.
Ella no me deja hablar y sé por qué lo hace. Tal vez mi padre era así, pero gracias a eso, el patrimonio Rothschild es insuperable. Mamá camina de vuelta hasta la sala y la sigo. Ella toma su abrigo y se lo coloca.
—¿Te vas? —pregunto bastante estúpido; era lo que había estado deseando desde hace rato.
—Así es —contesta, y su respuesta me deprime.
¿Quién me entiende?
—Pensé que cenaríamos juntos.
—No tengo ganas de cenar contigo, ahora, hijo.
—Podrías dejar el berrinche —le reclamo, y ella me mira con disgusto.
—Tu hermana te organizará la fiesta de cumpleaños. No olvides que el sábado cumples treinta. Te esperamos, y lleva a la chica contigo. Estoy segura de que vas a empezar a hacer lo correcto —me dice, como si me impusiera una orden, y yo exhalo hondo porque no tengo la más mínima idea de por qué se cree eso.
Mamá besa mi mejilla y, tras despelucarme el cabello, camina hacia la puerta.
—Me encanta cómo se ve todo limpio e impecable; vas por buen camino, hijo —añade al final y se va.
Lanzo otra honda exhalación y me dejo caer en el sofá. Que todo esté limpio se lo debo a esa. Sin duda hizo un buen trabajo, y le daría propina, pero después de lo que hizo, no se la merece.
Saco mi teléfono y marco de nuevo el número que conseguí de la agencia tras inventar mil excusas para que no se negaran a dármelo. No contesta.
¡Maldita sea!
Medito en lo que dijo mi madre y solo puedo pensar que está loca. Sobre todo, cuando ya debería tener claro que no voy a recaer en esa estupidez. La de enamorarme. Porque hacer eso es de tontos, y yo ya no soy uno de ellos.
El teléfono suena en mi mano, y lo miro de inmediato; quizás es ella, la muy descarada que se dignó a devolverme la llamada.
—¿Quién? —pregunto áspero; realmente no estoy de buen humor.
—¿Alex? —pregunta al otro lado una voz que reconozco muy bien, y hace que apriete mi mandíbula con rabia.
—¿Qué quieres, Brianna? —increpo sintiéndome amargado.
—¿Podemos hablar?
Esa mujer hace que me llene de rabia. Ella es la imbécil que me enseñó el lado cruel y doloroso de lo que llaman amar, aleccionándome para toda la vida. Entonces hago lo que aquella chica hizo conmigo: le cuelgo.
Tras hacerlo, me siento ridículo, infantil y muy estúpido por lo que pensé de ella, porque ahora solo me queda reírme como un idiota. Sin embargo, no se siente mal tener el valor de no hablar con quién no lo deseas.







