Mundo ficciónIniciar sesión―¿Por qué no te vas de una maldita vez, Shondra?
Ambas escuchamos su voz de trueno y sus pasos fuertes bajando la escalera, a pesar de que está descalzo. Ella se gira hacia él, que solo lleva una toalla amarrada a la cintura; todo lo demás y su estructura no está nada mal. Le hace un gesto lascivo con la lengua que hasta a mí me sonroja de la vergüenza que me produce.
―No me has pagado aún, bombón. Carol se llevó todo el dinero.
Con eso interpreto que las chicas son una especie de trabajadoras sexuales a domicilio. Vaya, vaya, qué gustos tiene este hombre. Él saca dinero de la billetera que trae en la mano y se lo lanza a la chica. Ella recoge el dinero del piso, lo empuña y lo besa mirándole a él antes de meterlo en su profundo escote y marcharse.
Luego, ese maldito se planta frente a mí y me mira con desdén.
―Entonces eres la chica de la limpieza.
Seguramente se le iluminó el cerebro luego de comprobar por qué he podido entrar en su lujoso y mugriento ático.
―Sí, señor, y lo...
―¡Cállate! ―gruñe, y un escalofrío recorre mi cuerpo.
Aprieto los puños con ganas de lanzarle un puñetazo a la cara.
―No te lo estoy preguntando ―arguye, y me muerdo la lengua con fuerza―. Limpia este lugar y déjalo impecable. Luego te largas.
Después de su orden el miserable camina a grandes zancadas de vuelta hacia su habitación.
―¡Espere! ―lo llamo, y por un milagro se detiene, mirándome furibundo como si yo le hubiera hecho algo malo.
No es mi culpa que haya interrumpido la orgía que tenía en su casa. Evito mirar la parte baja de su vientre y me concentro en sus ojos claros. Él entorna la mirada.
―No me ha dado instrucciones.
―Creo que fui claro.
―¿Y dónde...?
No termino mi pregunta porque el muy infeliz levanta la mano. Me hace callar como si se creyera el rey del universo, y yo hago un mohín de molestia e impotencia. A continuación, prosigue su camino dejándome allí con más interrogantes que respuestas.
¡Que lo parta un rayo en pedacitos!
Lo maldigo mil veces en mi cabeza y luego a mí misma por haber aceptado venir a este lugar. Miro el desastre que hay y creo que el rayo me va a partir a mí. No me queda más remedio que ponerme manos a la obra.
Voy hasta la cocina y busco en la parte de atrás del patio donde están todos los implementos de limpieza. Y es un decir porque no hay mucho, pero al menos encuentro lo necesario.
¿Qué clase de infeliz no limpia nunca?
Me guardo mis opiniones y empiezo a fregar la cocina, que está terriblemente sucia.
―Ya veo que encontró todo lo que necesitaba para limpiar ―dice asomándose en el umbral mientras arregla los puños de su elegante traje.
Ya vestido así, se nota tanto el cambio que luce imponente y altivo, el muy imbécil.
¡Que le den!
―Así es, señor.
―Había olvidado que mi madre vendrá esta tarde. Así que debe terminar antes de mediodía para que no la encuentre aquí.
―No creo que sea posible, si reconoce el estado de su casa en general ―manifiesto, porque siendo sincera no terminaré hasta pasadas la una.
―¿Le pagan por opinar? ―inquiere el desgraciado y tengo que aguantarme, solo porque hay que respetar al cliente.
―Solo lo menciono ―respondo con la mandíbula apretada.
―Si la llega a encontrar aquí, usted no ha visto nada, ¿de acuerdo?
―¿Ver algo como qué? ―pregunto con sarcasmo, y se me va la lengua porque ya sé a qué se refiere, y creo que he visto de más en todos los sentidos.
Él me mira entrecerrando los ojos.
―No se haga la estúpida. Sabe muy bien a qué me refiero.
¿Se refiere a que contrata prostitutas a domicilio?
Es lo que quisiera preguntarle, porque claro que sé que es eso a lo que alude.
―No tengo nada que decir, hoy es mi primer día ―respondo sosteniéndole la mirada.
«Y espero que sea el último».
―Perfecto. Ya veo que no es ninguna bruta.
¡In-fe-liz!
―¿Es toda su recomendación, señor? Tengo mucho que hacer si quiere que salga antes del mediodía ―mascullo, y él me mira con sorna.
Y no es raro; la gente como él siempre se cree superior solo porque tienen de sobra lo que a otros les falta. No dice nada más y se marcha, y en cuanto se va, puedo soltar todo el aire contenido en mis pulmones por el coraje.
¡Cielos!
Respiro profundo de nuevo y me pongo manos a la obra, porque tengo que terminar antes del mediodía. Pero antes tomo fotos del estado general del ático y las envío a Jessica. Ella debe saber que necesitaré un milagro para limpiar a tiempo este cochinero. Su respuesta es una carita de horror y que reasignará mi siguiente turno.
Lo agradezco al cielo, y después de eso pongo a correr mi lista de reproducción mientras me desplazo como una veleta, limpiando por todos lados. Por fortuna, no soy ninguna floja, logro terminar casi a la una de la tarde. Quedo agotadísima por el gran esfuerzo y me tomo un respiro para enviar el reporte a Jessica.
Como no tengo que hacer el siguiente turno, cuando llegue a la cafetería voy a tomarme un café negro y cargado para conseguir mucha energía y soportar el resto de la jornada. Guardo todo en mi maletín, y lo último que hago es inspeccionar toda la casa para constatar que todo quede en orden. En eso estoy cuando suena el timbre, dándome un tremendo susto.
No tengo tiempo de preguntarme si es él o su madre que ya ha llegado cuando la puerta se abre sin que me lo espere, y aparece una señora entrada en años, muy bien conservada y elegante.
Ella me mira de arriba abajo, como si estuviese evaluando a un espécimen de laboratorio.
―¿Eres una prostituta? ―pregunta sin tapujos, dejándome en shock.
¡Despierta, tonta!
―¡Eh! No, para nada, señora ―respondo, saliendo de mi estupefacción.
Ella levanta la mano cuando voy a explicarle que hago allí.
―Ay, qué alivio ―repone con mucho dramatismo, mientras camina hacia la sala, mirando todo―, ¡ya sé!
Vuelve a mirarme con mucha satisfacción.
―¿Disculpe?
―¡Eres la chica que dijo que iba a presentarme! ―exclama llevándose las manos a la boca, dejándome bastante perdida con su extraña y repentina emoción.
―¡Eh!
No sé qué decir porque no le estoy entendiendo.
―Te ves algo corriente, pero él dijo que serías muy diferente, y a mí me parece perfecto, con tal de que siente cabeza y deje de meterse con ese tipo de mujeres indeseables.
―Ah..., señora, espere un poco ―digo, tratando de aclararle las ideas, pero mi alarma de horarios suena escandalizándonos a ambas, y ya debería estar en camino a la cafetería.
―¿Sí? ―pregunta, y entonces surge en mi mente una muy mala y perversa idea.
¿Qué más da? Finalmente, nunca más voy a volver por aquí. Me acerco a ella ante su rostro interrogante.
―Creo que le he arruinado la sorpresa, pero ya tengo que irme. Ha sido un gusto conocerla ―suelto todas mis mentiras tomando sus manos y dándole un suave apretón.
Después salgo rápido de allí antes de que me detenga y me cuestione sobre si toda esa tontería es cierta. Cuando estoy en el ascensor no puedo evitar reírme de la locura que acabo de cometer, aunque puedo entender que me haya confundido. Así de mala debe ser la reputación que tiene hasta con su propia madre, y ya empiezo a entender el motivo de su advertencia.
Medito en que tal vez sí debe tener a alguien que presentarle; pero esa no soy yo, ni en mil años eso sería una posibilidad. cuando por fin estoy fuera del imponente edificio me subo a mi moto y me apresuro a irme de allí.
Llego a tiempo a la cafetería, y después de saludar a los chicos y a mi jefe Mark, me tomo mi café prometido con panecillos que saldrán descontados de mis propinas. Me pongo mi delantal y empiezo mi nueva faena que durará hasta las nueve.
Hoy he gastado tanta energía que solo sé que cuando caiga en mi cama, estaré literalmente muerta hasta la mañana. A las siete tomo mi descanso de quince minutos y voy con Bless al patio. Como solo sale a fumar me aparto de él y de su humo del infierno. En esas estoy cuando mi teléfono suena y lo contesto de inmediato. Siempre estoy alerta por alguna crisis de mamá o por un descarrío de Anna. Por el número desconocido solo espero que no sea de una estación de policía.
―¿Sí?
―¡¿Quién demonios te crees?!
―¿Disculpe? ―pregunto, porque eso que ha dicho es muy grosero y por desgracia puedo identificar el tono; no me extraña de ese grosero malhablado.
―¿Señor Rothschild? ―pregunto con sarcasmo para confirmar.
―¿Explíqueme cómo cuernos mi madre cree que la chica del servicio de limpieza es mi novia? ―me increpa.
Su interrogante es tan larga que me quedo tiesa y muda, mientras pienso en que mi perversa idea tuvo algunas consecuencias.
Pero no contesto y le cuelgo al arrogante.







