De camino al consultorio de Mauricio, ninguno de los dos dijo ni una sola palabra.
Dante la miraba por el rabillo del ojo, Lara tenía la vista fija del otro lado de la ventana.
Cada tanto, con alguna curva, el movimiento del auto los acercaba, pero ellos se alejaban como si se repelieran.
Cuando al fin llegaron, Lara respiró aliviada.
Fue como cruzar el océano pacífico en una balsa, necesitaba bajar de ese auto y tocar tierra firme.
Estaba tan sorprendida por el exabrupto de Dante que no supo