Ana continuó acariciando su rostro, pero Mario, sorprendido, le detuvo la mano.
Al inmovilizar sus muñecas, notó varias cicatrices en la piel blanca de Ana.
Eran heridas autoinfligidas de la ocasión anterior, cuando él la había forzado a tener relaciones.
Mario se sobresaltó. Cambió su actitud brusca por una más suave y cuidadosa, besando con labios temblorosos las marcas en su muñeca y preguntando con voz ronca: —¿Todavía te duelen estas heridas?
Ana desvió la mirada. Recordaba aquella noche