En la habitación del hospital.
Dulcinea parpadeó suavemente, pensado.
No era tonta; pudo adivinar por qué don Marlon había perdido la compostura. ¿Era por la semejanza en sus rostros o por algún recuerdo lejano?
—¡Mamá! ¡Mamá! —Leonardo le tiró suavemente de la manga.
Dulcinea volvió en sí y lo cargó en brazos:
—Vamos a bajar a tomar un poco de sol, cariño.
Le sonrió con disculpa a Matteo. Él, con su habitual gentileza, acarició la cabeza de Leonardo:
—Nos vemos pronto, hermanito.
Leonardo, ya a