Todo era demasiado humillante.
Luis no la amaba; lo suyo era una posesión patológica, una obsesión malsana.
Ella soportaba en silencio, reprimiendo cualquier gemido que pudiera hacerla sentir aún más denigrada.
Para ella, el hombre sobre su cuerpo no era más que una bestia.
Luis, ese maldito monstruo.
En los momentos de mayor dolor, Dulcinea soltó un grito desgarrador desde lo más profundo de su alma.
—¡No, no…!
¿Por qué duele tanto?
¿Por qué duele así?
Su mirada comenzó a desvanecerse hasta apa