Dulcinea se quedó paralizada, sintiendo cómo la tela que cubría su cabeza se humedecía lentamente. No podía creer lo que estaba ocurriendo y, con la voz quebrada, le preguntó a Luis:
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
Comenzó a luchar intensamente, su voz resonando en la oscuridad de la noche:
—Luis, ¿qué tan desastroso tiene que ser el final para que te detengas?
Luis, con una mano firme en su nuca, la atrajo hacia él y le susurró con determinación:
—No hay final, Dulci. Vamos a estar ju