Luis estaba borracho, pero no tanto como para no darse cuenta de lo que pasaba.
Miró a la mujer en sus brazos.
Era tarde, y Sylvia llevaba un sensual camisón de seda, que llegaba hasta sus tobillos, ocultando su prótesis. Aún se veía tan atractiva como antes, pero Luis ya no sentía el mismo impulso. La apartó suavemente:
—Le prometí a Dulcinea que no tendría más mujeres.
Sylvia mostró una expresión herida:
—Tú también me hiciste promesas.
Luis la miró.
Después de un rato, entró en la suite del h