Luego, abrió el armario de Dulcinea. Las ropas y joyas caras que le había regalado ya no estaban, ni una sola pieza había quedado. Solo colgaban algunos pijamas.
Pijamas que ella había usado.
Esas noches de intimidad, cuando se acurrucaba en sus brazos con ellas puestas…
Por eso no las quería.
Luis cerró el armario y salió. Se sentó en el borde de la cama y lentamente sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y comenzó a fumar.
El humo ascendía, difuminando su visión.
Sabía que Dulcinea no er