En la mansión donde vivían Luis y Dulcinea.
Los sonidos de sus respiraciones agitadas en la lujosa cama redonda iban disminuyendo. Luis, aún insatisfecho, abrazó a Dulcinea, provocando que su cuerpo temblara.
Luis le sujetó las manos, levantándolas y presionándolas contra la suave almohada.
Sus ojos oscuros no se apartaban de ella.
Las largas pestañas de Dulcinea, adornadas con lágrimas, temblaban ligeramente, su rostro pálido con un rubor tenue, toda su figura parecía envuelta en una niebla cál