Dulcinea se debatía con todas sus fuerzas.
Lo miraba con incredulidad, incapaz de creer que él pudiera ser tan desquiciado.
Luis deslizó sus largos dedos sobre sus labios rosados, jugando lentamente, hasta que ella perdió la calma, hasta que su cuerpo ardió de deseo bajo su toque.
Él contemplaba su piel suave y tersa, aunque su cuerpo estaba excitado, su voz seguía siendo fría:
—Dulci, vamos a tener un bebé. Si te quedas embarazada, no irás a la cárcel. Te gusta Alegría, ¿verdad? Entonces tengam