La prueba de embarazo cayó sobre las sábanas oscuras.
Dulcinea no se movió durante varios minutos.
Luis, vestido impecablemente, se recostó en la cabecera de la cama, fumando. Sus ojos oscuros la miraban fijamente: —¿Necesitas que lo haga yo? No me molestaría.
Dulcinea respiró hondo.
Conocía sus métodos, su crueldad, mejor que nadie.
No se resistió y tomó la prueba, entrando en el pequeño baño adjunto. Ella ya había tenido un hijo, así que sabía perfectamente cómo hacerlo… Aproximadamente dos mi