Una lágrima, fría como el hielo.
El corazón de Luis tembló, y la agarró por los hombros, llamándola por su nombre:
—¡Dulci!
Pero Dulcinea estaba muy tranquila.
Se recostó lentamente, su voz sonaba cansada y débil:
—De repente dejé de ver… pero ya lo esperaba. Estaba preparada.
—Luis, no sigas esforzándote.
—Estoy cansada.
…
Ella permaneció quieta, con lágrimas en los ojos, recordando el pasado, su primer encuentro.
En ese entonces, él era encantador.
Ahora, seguía siendo guapo y rico, pero ya no