Era el detective privado.
—Señor Fernández, Alberto no ha ido a Suiza —informó brevemente el detective.
Luis frunció el ceño con frialdad:
—¿Adónde fue entonces?
El detective vaciló un momento antes de responder:
—Por el momento, su paradero es desconocido.
—¡Sigan buscándolo! —ordenó Luis antes de colgar.
Sus dedos largos acariciaron el teléfono, y el corazón que se había ablandado volvió a endurecerse.
Durante esos días, Luis trataba a Dulcinea con frialdad.
Ya no la buscaba como lo hacía en C