Cuando Ana despertó, estaba en un hospital.
La luz de arriba era tan brillante que tuvo que cerrar los ojos rápidamente, y solo después de acostumbrarse pudo ver que Mario estaba al lado de su cama. Venía directo de la oficina, vestido con traje y corbata.
En sus ojos había rastros de cansancio.
Ana giró la cabeza hacia la ventana, desde donde la luna se estaba poniendo. Preguntó en voz baja:
—¿Qué hora es?
—¡Es la una de la madrugada!
Respondió Mario con voz ronca, inclinándose para acariciar s